Abandono

abandono

Al sonar del estruendoso timbre, Tito, como los demás, salió corriendo rumbo a los jardines del colegio. Jugó a las escondidas hasta que dejó de haber suficientes chicos, sus madres fueron llevándoselos uno a uno. El conserje preparó el candado para cerrar la reja y al verse sin risas y barullos, Tito se sentó junto a Raquel en la banca. Hablaron de sus cosas, mientras una armonía suave y silenciosa fue instalándose entre ellos y los jardines arbolados.

“¿Has pensado qué harías si un día ya no vinieran por ti?”, preguntó Raquel. Pero antes de que Tito pudiera pensar en su respuesta, un auto azul se detuvo enfrente de ellos para recogerla. La chica se fue y él se quedó solo. Nada pudo contener su imaginación. Si su madre no viniera, pensó, caminaría esa calle que va al centro de la ciudad. Luego, iría por la avenida atestada de restaurantes a buscar algo de comer, aunque sería difícil que algo de por ahí le gustara porque las fotos en las vitrinas mostraban verduras y pescados, eso le daba asco. Se sentiría hambriento y triste. Niega. Sería mejor buscar el camino a su casa, pero ¿dónde es? Andaría por días y días, y de tanto, sus zapatos se agujerarían y entonces tendría que tirarlos hasta quedar descalzo. El ambiente contaminado de la ciudad le ennegrecería la ropa, se confundiría con cualquier limosnero y entonces, la gente le negaría ayuda. Pero claro, sucio y con los pies desnudos se convertiría en un niño de la calle y esos niños son invisibles. Por las noches, sin hogar ni refugio, iría a buscar cobijo debajo del puente y tendría que calentarse el cuerpo como los vagabundos, con las llamas que escupen los botes de basura, como los dragones. No podría dormir, lo asustarían los borrachos y los sonidos inciertos. Entonces, extrañaría desesperado el beso de su padre, el olor de la leche tibia, sus muñecos y su cama acolchada. Acostado en el suelo duro, sentiría mucho frío y no podría contener el llanto. Sufriría por la mala suerte de haber sido abandonado.

De pronto, el automóvil familiar se detuvo frente a él, y una voz angustiada pero reconfortante salió de la ventanilla:

—Mi niño, ¡se me hizo tardísimo! Vámonos a casa —dijo su madre.

Él la miró con los ojos hechos agua y subió al auto. Tito no quiso responder a las preguntas de rutina en el trayecto: ¿cómo te fue en la escuela? ¿Desayunaste bien?. Se concentraba en la repugnancia de ver esas fotos de verduras y pescados de la avenida que los lleva a su casa.

—Hijo. Hijo.

Tito se mantuvo en silencio, sentía algo diferente. Se dio cuenta de que todo fue culpa de ella, de su abandono. Años han pasado desde aquel día y Tito no ha vuelto a hablarle.

Publicado por Escritura a pleno sol

Autora de Aves negras, libro de cuentos. Ed. Mesa Literaria 2020.

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