Doble traición

toro

Doble traición

Apenas hace unas semanas paseabas fatigosamente por los corrales. Ibas con ese rostro desencajado, la cara anémica y enflaquecida que te ha dejado el cáncer que te devora. Sin ánimo, recargabas la carne huesuda en los barandales para descansar, respirabas profundo para tomar fuerzas y seguir despidiéndote del lugar con la mirada. “Aquí pasé mis mejores años”, dijiste con tristeza; el aire olía a estiércol. “Entre estos muros sucios me convertí en El Españolito, el gran torero, y ahora, ¿qué soy? ¡Un pellejo entre las mantas!” Fijaste la vista en un toro acaramelado que pastaba indiferente y reclamaste: “¡Eh, tú! Iluso ¿me ves? Miradme, ¡Deja de comer y veme! ¡No volveré a torear!”, gritaste desesperado, limpiándote las lágrimas de la cara. Seguiste con tu soliloquio sin sospechar que yo, el toro al que hablabas, entendía lo que decías. “Mi fin está próximo y no tendré tiempo de desafiarte un domingo en la plaza. Moriré fuera del ruedo ¡moriré como cualquiera!, desahuciado entre las paredes frías de un hospital. Los artistas no grabarán mi estampa ni mi gloria al morir una tarde de toros. No habrá pinturas de mi cuerpo sangrante bajo una lluvia de claveles, no se capturará mi rostro sufriente pero agradecido por los elogios y los vítores. Ni siquiera una ilustración en la que paseo en hombros por el ruedo, orgulloso y con los brazos en alto si yo te diera muerte.” Eso decías cuando la baranda se rompió y estrepitosamente caíste desde lo alto. Quedaste hundido y atrapado entre el muro y el toril. “Ayudadme, ayudadme”, gritaste abatido, pero los corrales están lejos de la casa principal y nadie te escuchó. Estuviste largo rato sobre la tierra, entre el polvo, hecho un ovillo, con la voz apenas audible de tanto pedir ayuda.

Me dio curiosidad, me acerqué. “Ayudadme Iluso. Sacadme de aquí”, te quejaste cuando resoplé cerca de ti. “Estoy muy débil, no puedo salir. Me retiré de la casa sin avisar y tardarán mucho en encontrarme. Santísima Virgen de la Macarena, envíame ayuda o moriré aquí solo”, rogaste al cielo. Aunque no sé si en verdad esperabas respuesta, me decidí a hablar.

―¿Por qué habría de ayudarte? ―pregunté mordisqueando la hierba.

La impresión de escuchar mis palabras distrajo tu miedo.

 ―¿Hablas? ¡Esto no es posible, es una alucinación! He de haber muerto en la caída y ahora escucho hablar a los toros.

No has muerto ―dije olisqueándote.

―Entonces sácame, Iluso ―dijiste, superando tu inicial desconcierto―. Empuja mi cadera hasta campo libre.

―¿Por qué habría de hacerlo? Por años te has dedicado a asesinar toros, a mi familia, mis amigos, mi descendencia. Disfrutas de hacernos sufrir con tu capote y tu espada frente a la multitud enardecida.

―¡Perdonad! ¡Perdonad! No volveré a hacerlo. Mira, tengo una enfermedad mortal que no me permitirá volver al ruedo, mi vida de torero se ha terminado, ahora sólo quiero vivir.

―Nosotros los toros, también. No sé si lo merezcas, pero te ayudaré, me conmueve verte en esa posición tan vergonzosa, estás enfermo, malherido e indefenso, sin alguien a tu alrededor dispuesto a ayudarte. Para que entiendas que, a pesar de nuestra fama de brutos, violentos y salvajes también tenemos una vena de nobleza ―respondí, y con los cuernos, con los que pude haber destrozado tu frágil humanidad, te saqué con delicadeza.

―Gracias, santísima Virgen de la Macarena, me has socorrido con este milagro, obró en mí la fe en tu santa figura ―dijiste agradeciendo al cielo―. Virgen pura, juro no volver a lidiar ni matar toros en la plaza.

Con tu mano temblorosa hiciste hacia mí la señal de la cruz y te fuiste lentamente hacia tu casa en la que se suponía estarías débil y convaleciente.

Ayer te vi pasear por la dehesa, entraste al tentadero para escoger ganado y ni siquiera me reconociste. Te recuperaste y era evidente tu deseo de volver a torear. Hoy, domingo de fiesta, en la plaza, te volviste a vestir con tu traje de luces y enviaste por mí. En el ruedo me provocaste altanero, dispusiste con alevosía de mis instintos con ese capote, y a la vista de todos ¡has jugado conmigo! Fácilmente olvidaste que en los corrales yo te salvé de una muerte azarosa y ahora me acuchillas y me sometes. ¡Miradme tú ahora! Estoy aquí, enconchado, en las mismas condiciones en las que te encontré aquella tarde, desvalido e indefenso y sin compasión amenazas con estocarme. Traicionas mi nobleza y a tu juramento causado por la fe de que tu salvación provino como un milagro de la Virgen.

―¿Hablas otra vez? ¡Esto es alucinante, no puede ser verdad, sino un desvarío de la enfermedad! Agradéceme, Iluso, te he escogido a ti esta tarde de despedida que será recordada como la mejor corrida de El Españolito. Vuestra muerte me dará la gloria que tanto he buscado. Mira, ahí está el pintor, copiando nuestras imágenes. Tendrás el honor de ser inmortal conmigo. ¡Escuchad ese jaleo! El público está eufórico y clama tu muerte.

―No, torero. Sólo quiero vivir. ¡Ayúdame! Sácame de aquí, por favor.

―Lo siento, pero el pueblo enfebrecido está gritando: ¡Torero, torero! Sólo cálmate, no te dolerá. Una sola estocada hasta la empuñadura en el corazón ¡y olé!

Publicado por Escritura a pleno sol

Autora de Aves negras, libro de cuentos. Ed. Mesa Literaria 2020.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: