Una pequeña y gran muerte

Foto: Getty. Tomada de Ecodiario el economista.es

Hace unos minutos, la señorita Rosario acercó su nariz al pastel. Su favorito, chocolate con orillas de betún. Enterró en el centro una vela grisácea con forma de signo de interrogación; se la dio su madre el día que cumplió cuarenta. A Rosario le gustaba esa vela porque era como recorrer una larga distancia; mantenía aún esos toques brillantes que le recordaban sus años dorados. Para continuar su solitario ritual de cumpleaños, la encendió con el cerillo que luego apagó con exquisita sonoridad, “te vas a esfumar entre tantos suspiros”, decía su madre cuando también, fumando, arrojaba esos gemidos dulces. Un año más sin ella, un año más, sola, encerrada en esa patética casa olorosa a plantas y raíces fermentadas, pero era su cumpleaños, no se permitiría ni una sola tristeza. Rosario le pidió un deseo a la vela antes de apagar su flama, quizá ahora sí, su humo le llevaría a dios su más profundo deseo: algo sublime que la haga sentirse amada. Anhelo secreto, que quizá su madre intuía, porque cada año le regalaba un accesorio apto para la coquetería: unos aretes, un labial, unas medias de seda “para que te veas más bonita y conquistes a alguien”, decía. Pero nunca sucedió.

 Rosario apagó la llama diminuta. Era tiempo de pensar en el regalo que se daría a ella misma; algo hermoso, a su gusto y que la dejara sin respiración. Volteó hacia la ventana, esa pareja abrazada otra vez en su jardín. Sus risitas y jadeos interrumpieron su ritual, lograron descomponerla al punto del sollozo, no los soportaba y de un golpazo de cancel terminó con la aflicción de oírlos. A sus sesenta y el enfisema pulmonar causado por los veinte tabacos al día, ya había perdido la esperanza de amar y ser amada. Entonces advirtió que algo parecido al cariño sería su regalo perfecto, pero suspiró ante su ingenua apetencia y se resignó ¿quién podría amarla ese día? Lo mejor era olvidar esas tonterías y disfrutar de ese delicioso pastel. Sirvió en el platito una rebanada de ese suculento pecado de chocolate y se chupó los dedos manchados de betún. Qué agradable sensación fue sentir la humedad de su lengua. Repitió varias veces el incidente. La suavidad le dio una sensación de libertad que le gustó. ¿Por qué limitarse a los dedos? Los hundió completamente para jugar con la ligera crema decorativa, una suave pomada que se le antojó sentir en la piel; así que se la untó con sensualidad en el cuello. Luego, llevó los betunes al lugar del cosquilleo, debajo de su falda. Estaba sola, no obstante, el amor la poseía. Se daba a sí misma el éxtasis, el regalo de cumpleaños perfecto. Cómo pudo vivir ignorando que algo tan rico existía; con toda seguridad le habían ocultado intencionalmente su existencia. Cómo pudo ser tan ciega, tan casta, tan tonta. De repente, le vino un ataque de tos, seguido, ese intenso dolor en el pecho. Su enfermedad terminaría llevándole a la tumba, pero eso, poco importaba ya. Ignoró el malestar y continuó en ese sueño del que no quería despertar. Comenzó a notar un mareo, que los objetos de su alrededor parecían moverse, perder su dureza, como si se derritieran. Quizá el placer le encubría un ataque de asma, pero no se asustó, podía arrinconarlo, hacer diminuto el dolor del pecho y el de vivir; incluso, prefería que el asma la matara en ese instante que seguir viviendo como hasta ahora. Y entonces lo decidió: moriré, se dijo, pero no aún. Eso que había comenzado como suave ventisca, de súbito se había vuelto jadeo y agitación, lo que le indicaba que seguía con vida y que todavía tendría que esmerarse para llegar a la cúspide; la punta más alta desde la cual tomaría el vuelo con esas recién descubiertas alas de ángel. De pronto, se le eriza la piel y cuando su corazón entiende que son sus últimos latidos, se permite un largo bramido. Ahora, la nada, la expansión infinita de un deseo cumplido. Rosario se esfuma, un fuerte ataque de asma deja su cuerpo rebosante de gozo y de betún tendido en el sofá. 

Publicado por Escritura a pleno sol

Autora de Aves negras, libro de cuentos. Ed. Mesa Literaria 2020.

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