Destiempos, de Marisol Gámez

Foto:dreamstime.com

Ya ves, los hombres son así, silenciosos. Por ejemplo, después de tus encantadoras vacaciones entre góndolas, estás en la estación de Santa Lucía paseando los ojos entre la muchedumbre sin detenerlos en nadie. Vas a la ventanilla que expide los biglietti para que te confirmen lo que ese reloj gótico ha evidenciado, el retraso del tren que va hacia Roma. Y entonces, uno, como al azar, aprovecha el momento para hacer notar su hermosa sonrisa italiana. Altísimo, desaliñado y bonachón, con ese pelo largo y ondulado cayéndole por los hombros, se para frente a ti y con galanura te ofrece un cigarro acercándote su cajetilla y su fuego. Se sienta en el suelo cerca de la taquilla. Intuyes que con ese gesto te ha invitado a fumar a su lado y sin más, te sientas junto a él para esperar el próximo tren. Echando la cabeza hacia atrás, disimulas tu contemplación a su figura de mármol tallada por un artista del Renacimiento, su perfecto rostro varonil que te ha dejado sin aliento.

Sabes que le da lo mismo tu origen y tu destino, que te identifica como extranjera y que si inicia la conversación lo hará en inglés, porque ya lo escuchó de tu boca en la taquilla; también existen las típicas preguntas entre desconocidos, que has estado practicando en italiano a lo largo de tu travesía por Italia. Por suerte, aunque todos los hombres sean iguales, siempre hay uno que rompe el molde.

Do you speak english or spanish? —Te pregunta mientras un fino hilo de humo surge de su boca—. I mean, your pronunciation was like…

—Español. Hablo español y sí, lo sé, mi inglés es terrible—contestas. Te arriesgas a que tu espontáneo acompañante te entienda; al fin, latinos los dos.

—¡A que eres de Andalucía! —pronuncia Andalucía con el ceseo ibérico. Si bien no es tu acento, puedes tener una conversación desenvuelta, piensas.

—No. Soy de México.  —Le contestas con un orgullo adquirido las últimas semanas, pues no es la primera vez que te confunden con una española, una francesa, una argentina y hasta con una local.

—¡Por supuesto! Mexicana. Eso iba a sugerir, soy un tonto. Discúlpame si no te ha gustado que te diga andaluza —pronuncia—. Si claramente te imaginé con el penacho de Moctezuma en la cabeza. Una bellísima reina azteca. —Te hace reír. Notas el juego del flirteo y algo dentro de ti se entusiasma, te das cuenta de ello y aceptas lo que venga de ese extraño y simpático fumador.

Todos son iguales, pero después de una amena conversación te enteras de que es Lorenzo, un profesor de Filología de una universidad en Perugia. Habla fluidamente seis idiomas, tiene unos ojos verdísimos, de esos que te atrapan bajo sus cejas gruesas. Su sensual sonrisa huele a tabaco rubio, usa pantalones de mezclilla desgastados y una camiseta cualquiera que ha usado por tres días. La demora del tren que creíste tiempo chocante y pegajoso se convierte en una farra deliciosa en los banquillos del bar stagione. Hablas poco de tu vida. Lo conveniente. Tu trabajo en la biblioteca nacional, tu elemental inglés, tal vez producto de algunas vueltas que le has dado al mundo, sola o acompañada, lo que sea, siempre y cuando ese placer transitorio postergue la realidad esquiva de tu relación con Andrés con quien, después de una década de noviazgo, te has comprometido en un próximo e inevitable matrimonio. Tras dos horas de coincidencias intelectuales, ideales mutuos y risas desbordadas te llega una idea absurda: son perfectos el uno para el otro. Pero un silbatazo y un aviso luminoso junto a la biglietti advierten que tu trayecto a Roma está a punto de comenzar. Sufres. Sientes una incipiente angustia, no solo porque Lorenzo se irá a su amada Perugia, también porque con él se irá esa versión de mujer atractiva e interesante que con preguntas y miradas de admiración creó de ti. 

—Bueno, ciao —te levantas rápido. Las despedidas nunca te han gustado.

Ciao bella —contesta y te ve correr presurosa hacia el andén.

Te descubres a ti misma en el arrobo de una despedida no deseada, caminando por el andén en busca del vagón que indica tu boleto. También puedes sentir la explosión en el pecho, el impulso de querer volver con Lorenzo, te das cuenta de lo mucho que te gusta, pero ¿qué harías?, ¿qué le dirías?, te preguntas. Es una locura. Espantas tus pensamientos recordando el sosiego de tu relación con Andrés, su integridad como pareja; crees en un futuro estupendo, ahora que ya están comprometidos y los dos desean formalizar su necesidad de estar juntos con su enlace matrimonial. Entonces quieres que Lorenzo se vuelva una figura difusa, como el trivial compañero de asiento con el que hablas un poco durante un trayecto cualquiera por alguna ciudad de Europa. Pero no puedes, te ha clavado algo dentro, generándote un incipiente malestar. ¿Cómo podrías haber imaginado que ese hombre provocaría la debacle en tu vida? Sin embargo, te gusta perpetuar esa imagen: él camina detrás de ti sin que te des cuenta. Embustero, como muchos, pero Lorenzo te reserva el embuste más verdadero que tu vida experimentará.

La caótica y confusa estación te parece interminable, por más que caminas por los andenes no encuentras tu vagón. Revisas una y otra vez tu boleto tratando de localizar un número o letra que coincida con alguna puerta, pero nada. Cansada de andar te subes a cualquiera y simplemente dejas que el universo o el recolector de boletos te pongan en el lugar correcto. Tal como la vida funciona.

—¡Te has ido corriendo, bella! —Ahí está su voz acompañada de su sugestivo y penetrante olor a tabaco entre las filas de asientos —Estabas perdida. Pero tu lugar es junto al mío. Sígueme. —Sonríes perturbada, sabes que es un engaño más y que se refiere a la situación con tu boleto, sin embargo, queriendo hacer de sus palabras una metáfora viviente, lo tomas de la mano y corres el riesgo.

Poco a poco, el tren se abre camino junto al mar. Tu perseguidor se coloca en el asiento frente al tuyo. La luz solar te lo muestra etéreo, guapísimo con sus hoyuelos rasgándole la barba desteñida, su pelo largo y cano. Como viejos amigos se permiten el silencio cómplice mientras ven el espectáculo del Adriático ondeando en escamas radiantes.

—¿Tienes pareja? —rompe el silencio, así, sin más, esa pregunta punzante y deliberada.

—Sí. Contestas con sequedad.

—¿Dónde está?

—Lejos.

—Ya lo sospechaba —contesta, masajeándose un poco la nuca y con una sonrisa chispeante casi malévola. 

¡Está dicho! Es el mensaje de tu cara. Y ¿ahora qué? Apenas se conocen y es la declaración más incómoda de tu vida.

—No os gusta hablar de él ¿verdad? A mí tampoco —dice, gentil.

—Oh. No es eso. Incluso lo extraño —dices con aparente convencimiento, pero luego te arrepientes y no sabes por qué; tu actitud dubitativa te delata.  ¿Es verdad? deseas que sea verdad. Te ofuscas y te odias por el callejón en que te vas metiendo, y no es que esperes algo más de ese tipo, pero su cercanía y confianza te ponen nerviosa, inquieta, así es como te sientes y él lo sabe, lo ve en tus actitudes y miradas.

Para disimular, como hacen los anfitriones, Lorenzo sugiere algunos lugares que vale la pena visitar en Padua y otros pueblos aledaños por los que van pasando. De manera agradable y erudita, teje para ti algunas narraciones medievales, la historia de la región entre hilos míticos y legendarios, algunas frases rústicas que aún se conservan. Lo logra, captura tu atención absoluta. No estás leyendo un fascinante libro del oscurantismo en la biblioteca, esto es real y quieres hacer consciencia de lo que estás viviendo. Miras a tu alrededor, una atmósfera sin orden en el tiempo: el siglo XXI, unos cuantos pasajeros, Lorenzo y tú dentro de ese tren, contemplando los restos de otra era. Esta costumbre de adentrarte en el pasado, evocarlo como si estuviera sucediéndose, aquí y ahora, siempre ha sido tu manera de modificar la realidad.

Al hablar, Lorenzo se humedece los labios como lo hace cualquiera, como lo hacen todos, pero tú no puedes dejar de ver ese gesto imperfecto que hace al hablar un idioma que no es el suyo; al traducir sus pensamientos, su dentadura brilla, jovial, su lengua lo traiciona de vez en cuando al forzar su fonética y de alguna manera te deslumbra, quedas prendada a su boca. Imaginas la brisa de su aliento y te olvidas por completo de los castillos medievales. De pronto te das cuenta de que la distancia entre ustedes ha cambiado, tu cara tan próxima a él como sólo podría estar la de Andrés te permite ver la gama de verdes y azules de su iris, pero temes quedar hipnotizada y cierras los ojos; te das cuenta de que esperas que suceda y sucede. Te besa o tú lo besas, es igual. Lentamente, con habilidad, te enseña lo ignoto de sus besos convirtiéndote en una más de sus conquistas, o la última de su bagaje, pero te dejas llevar y ya no puedes pensar. Disfrutas la punta de su nariz arrastrándose por tu rostro, oliendo tu pelo. —Sei fantástica —te dice y tú quieres manipular el tiempo y dilatar esa sensación de irrealidad que te aparta del mundo. Dispuesta, caminas de su mano hasta la cabina de baño donde, su lengua, húmeda de ardientes devaneos, acaricia tu piel agradecida; temes convertir a Lorenzo en un sueño recurrente, sus besos en lo mejor de tu vida y su olor a tabaco en tu vicio predilecto. Sin embargo, ni sus dulces besos ni su viril rostro de dios romano te protegen de la culpa, de la tormenta moral de tus principios. Andrés y diez años a su lado, todo lo vivido junto a él, su relación de pareja, su inminente compromiso zigzagueando como moscas por tu cabeza y el tren llegando a la estación de Perugia. Lorenzo, resuelto y experimentado, con su gesto pícaro y cautivante, sin decirte nada, espera que bajes con él con todo y equipaje, y le acompañes hasta su casa, que imaginas una pequeña estancia, caótica y llena de libros en un callejón estrecho. Caminas lánguida por el pasillo de asientos, puedes irte con él, te sabes capaz de dejarlo todo atrás, prolongar ese furtivo encuentro hasta el confín de tus íntimas experiencias. Y en ese momento lo haces, conviertes a Lorenzo y la posibilidad de sentirte comprendida y amada por alguien diferente a Andrés en un oscuro secreto que latirá dentro de ti como una memoria insumisa por muchos años. Justo en el momento en que llegas a la puerta…

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Publicado por Escritura a pleno sol

Autora de Aves negras, libro de cuentos. Ed. Mesa Literaria 2020.

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