Mujer narrada, de Marisol Gámez

Esta es mi semblanza. Lo que leerás es real pero también ficción. Lo mejor de un cuento suele ser el final, pero este es diferente: termina diluyéndose en la nada.

El narrador de una historia

es el que la escucha y el que la lee,

es quien la destaca por sobre

 la enmarañada página de su vida.

Henry James, El arte de la novela

Mi vida enmarañada inició un mes de mayo. Sucedió en la tierra mexicana que los turistas no conocen porque no tiene playas ni nativos tejiendo artesanías. Aquí el aire es caliente y seco; el paisaje amarillo, plano e incapaz de dar pinos y follajes verdes. Según el escudo heráldico, el cielo es claro y nace la gente buena, así que aquí no debería existir la violencia, ni el abandono, ni las imposiciones.

Es probable que al finalizar esta lectura no creas nada, pero fui una persona que buscó su vocación de manera prematura. No confundas aquella inquietud con ¿quién soy? ¿Para qué nací? Aunque, ahora que lo pienso, tal vez sí, pero no en esos términos. Bueno, no entraré en eso por ahora, en aquel entonces le llamé vocación a esa actividad que, aun siendo cotidiana, no la refutas porque te hace feliz y libera.

Se espera que las personas identifiquen su vocación con facilidad. Que se parezca a un tercer ojo (como de cíclope) y sea reconocible al verse al espejo. Que una voz susurre su nombre al oído o que se tenga entre las manos como un objeto sólido y quizá brillante; este no fue mi caso. “¡Yo seré monja!” “¡Yo seré doctora!” “¡Yo seré maestra!” “¡Mi papá quiere que sea abogada!” ¿Y qué quieres ser tú cuando seas grande?, me preguntaban mis amigas.

Foto:tuswallpapergratis.com

¿Ser? Para no entrar en conflictos prefería preguntarme: ¿podría yo dedicarme a monja? ¿Con mis dos religiones? Sí. No entraré en detalles, sólo diré que mis abuelas practicaban distintas religiones y que las acompañé lo suficiente como para que ambas creyeran que estaba dentro de la suya; pero vivir como una monja era aprisionarme y, además, engañarme. ¿Doctora? ¿Sangre? ¡Ni pensarlo! ¿Maestra? ¿Quedarse en la escuela la vida entera? ¡Jamás! Y los intereses de mi padre sobre mí fueron tan holgados que con verme comer y vestir le bastaba. Solía responder: astronauta para navegar una nave por el infinito; sin embargo, ocultaba que veía mi futuro como caminar por un páramo desolado y caluroso, en el que ni la sombra de un ave al cruzar el cielo se reflejaba sobre el suelo llano.

“Sé la mejor ama de casa y consiente a tu familia con…”, sugería una mujer con su rostro dulce, una sartén en la mano y vestida con delantal. La vi repetirlo cada tarde en el televisor, en las revistas, en el periódico; escuché su voz en el radio, por todos lados, hasta que logró su objetivo: imaginé ser ella. Me vi en una casita apacible, olorosa a sopa y cargando un bebé. Y aunque seguía viendo el llano de mi porvenir, esa imagen se acercaba mucho a lavar los trastos con la boca fruncida para que, al darme la media vuelta, el fregadero se llenara otra vez.

“Si eres buena para las matemáticas, ese es tu camino. Si eres buena para los idiomas o para la química, entonces ve por ahí”, pero yo era mala en las matemáticas, mediocre en los idiomas y peor para la química. Ninguna asignatura proyectaba un futuro apetecible, liberador, mucho menos las riquezas para vivir en una casa del club de golf, como decían los comerciales de la televisión como indicador de plenitud. Ni una inspiración, nada. 

 “Todas las personas la encuentran, un día aparecerá”, respondió mi madre, con la ligereza de quien habla de un objeto baladí. “Mientras tanto, haz algo que te guste”, sugirió, y fingiendo que sus palabras me tranquilizaban porque había identificado tal cosa dentro de mí, entendí que nadie podía disipar mi neblina.

Mi padre solía tomar un libro, colocárselo bajo el brazo y meterse al baño. No es que entonces me gustara leer, fueron sus ojos profundos que parecían resistirse a devolverlo al estante. Se quedaba parado y sin soltarlo lo contemplaba y con el paso de las páginas continuaba siendo grandioso. Algo dentro de mí quiso mirar así. Probé. Empecé por tomar lo que él dejaba. La colección Aventuras de Salgari, las aventuras de Sherlock Holmes (exageradas, pero siempre con novedades divertidas); novelas de formación y otros cuentos de las tiendas Excélsior fueron llegando a casa exclusivamente para mí. No obstante, aún no conseguía mirar como él. Sucedió después, en una pequeña biblioteca en la que encontré lo que no había en la escuela y me interesé por lo que el bibliotecario dijo que no entendería, aunque se llamaran “cuentos” porque no eran para mi edad. Descubrí un aura, unas ruinas circulares, una casa tomada, un llano en llamas y un diosero. Entonces lo tuve, vi lo grandioso y descubrí lo que me gustaba.

Por años no corrió el tiempo. O quizá al saturarme de palabras no podía verlo, pero llegó la inevitable mayoría de edad. Es la época en la que los padres restringen las salidas y, por lo tanto, más libertad se desea. Bien, pues los pleitos y el divorcio de los míos fueron como un genio de la lámpara que me concedieron la libertad. Fui a donde quise. Nadie me dijo qué hacer, no me aconsejaron ir a la universidad, ni me exigieron trabajar, era la envidia de muchos; pero irme de fiesta con las amigas era una libertad efímera que con sus juegos peligrosos podía hundirme.

—Lo único que me gusta hacer es leer —respondí al consejero vocacional.

—¡Qué bueno, porque la prueba indica que te conviene una ciencia social!

—Pero ¿cuál? —el consejero encogió los hombros.

La sección de Opinión del periódico era interesante, y las charlas sobre política parecían importantes. Me permití creer que la política o trabajar para el gobierno llenarían mi vacío. Hice una mueca alegre y como la luna atrae a la marea, lo decidí.

Las ciencias políticas sumaron a mi caudal de lecturas sus propios dramas. Memorias de historias no ficticias, filosofías intrincadas y otros dogmas que, por venir de los profesores, no se cuestionan. No los cuestioné, pero tampoco los creí a ciegas. No fui rebelde, ni roquera, ni marxista, ni neoliberal; no creí en utopías porque no tenía el idealismo del Che, y repetir lo que otros dijeron me hacía sentir falsa, y si no encontraba mi camino, soñar con cambiar el mundo era una vanidad que no practicaba. Para algunos amigos, esta vía prometía otras cosas, como fama, riquezas, el (des)prestigio de aparecer en gallardetes y boletas electorales, sin embargo, eso no iba conmigo; pero es que nada iba conmigo y de eso ya me iba acostumbrando. La universidad me dio placeres, pero no una sensación liberadora.

Tiempo después me casé enamorada. También hubo descubrimientos. ¿Cuáles? Uno: me dejé engañar por las canciones. Dos: el romance es el lindo chantaje que perpetúa las necesidades afectivas, y tres: si eres mujer en estas latitudes, el matrimonio es la contraparte de aquellos libros que tanto disfruté. Fuera de sus portadas, El príncipe no existe, El contrato social te da más obligaciones que derechos, El liberalismo no defiende la libertad, y La democracia en América es un concepto que se utiliza a conveniencia. 

Pero tenía una carrera, un esposo, un empleo y una criatura creciéndome dentro. “¿Qué más quieres?”, me dijeron. “La vida perfecta.” “La realización personal.” Esas frases desataron en mí el infierno. ¡No! ¡No! ¡No! Las horas seguían sin tener sentido, y ahora cargaba con un costal de gitano que pesaba lo indecible y con el que tenía que seguir cruzando el desolado páramo.

Cambié de trabajo. Otro cargo en el gobierno, un buen sueldo y un ambiente victoriano, pero ni el dinero ni un pequeño poder detrás de un escritorio recompensaban mis días —aunque para eso se estudie ¿no? —. Pues no. Las necesidades materiales satisfechas, incluidas las vacaciones dos veces al año a cualquier pueblo, ciudad o país no era lo que quería. La burocracia saturaba mi tiempo y sin una explicación razonable esa oficina parecía robarme el futuro delante de mis ojos y yo no hacía nada.  Estaba más perdida que nunca porque callaba, lo reprimía y caminaba por los pasillos como si tuviera una vida encantadora. No obstante, debajo de esa sonrisa corría una lava espesa e iracunda que desprendía vapores fantasmales. En este mundo victoriano estaban Wilde, James y Woolf, pero los sentía como estar sentada una mecedora, me relajaban y daban una sensación de movimiento, pero no me llevaban a ningún lado.

Fui ingenua, creí que sortear aquellas sutiles pero poderosas coerciones sociales que, como maleza me cegaban el camino, era la manera de encontrar algo por lo que vale la pena seguir con los días. Creí que había elegido con independencia y que por ello merecía ver eso, único y mío que por un tiempo llamé vocación y después fue pareciéndose a la costumbre de huir. Comencé por no copiar a mis amigas, por engañar a las abuelas, rechazar la religión y a los maestros. Luego por no vestir a la moda, ni leer la revista Vanidades, ni hacer deporte, ni creer en el new age. Peor aún, odiaba con intensidad al ama de casa porque eso obliga a la complacencia de los demás; sin embargo, estaba ahí, con dos bebés en los brazos, preparándoles la sopa porque omití un detalle, de la cocina nadie se salva. Pese a todo, la maleza me había tragado.

Las personas que me rodeaban juzgaron no entender, ¿por qué, si yo lo tenía todo, no era feliz? Era infeliz e ingrata.

Un día el volcán hizo erupción y deseé que todo terminara. Dejé el trabajo y decidí morir. Pero en medio de toda la desolación tuve también amores profundos, mis hijos, mi esposo, mis libros y, si iba a desaparecer, les debía una explicación. Confesaría los motivos de mi desaparición. Como esa nota de suicidio…

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Publicado por Escritura a pleno sol

Autora de Aves negras, libro de cuentos. Ed. Mesa Literaria 2020.

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