Miscelánea de microcuentos

¿Qué es el microcuento o microrrelato?

“Existen muchas definiciones para este género literario, sin embargo, todas coinciden en que sus características son la brevedad narrativa y un final inesperado. Considerado una creación híbrida, un cruce entre el relato y el poema, el microrrelato ha ido formando su estructura, siempre fronteriza, escandalosa e inaprensible.

Irene Zahava lo define de forma extraordinaria: “son las historias que alguien puede relatar en lo que sorbe apresuradamente una taza de café, en lo que dura una moneda en una caseta telefónica, o en el espacio que alguien tiene al escribir una tarjeta postal desde un lugar remoto y con muchas cosas por contar” (Zavala, 2011)

Si bien, existen diferencias teóricas sobre este género, el criterio de selección de esta miscelánea de cuentos es simple: son breves, maravilloso y acompañan a mis propias creaciones.


Fin, Frederic Brown

El profesor Jones trabajó en la teoría del tiempo durante muchos años.
—Y he encontrado la ecuación clave—informó a su hija un día—. El tiempo es un campo. Esta máquina que he hecho puede manipular, e incluso invertir ese campo.
Oprimiendo un botón al hablar, prosiguió:
—Esto debe hacer correr el tiempo hacia…sigue leyendo…


El que no tiene nombre, de Fermín Petri Pardo

Yo soy el que todo lo ve, el que todo lo sabe, el que todo lo dice. Yo vi a Dios hacer el mundo y hacer al hombre. Y después vi al hombre hacer su primera fogata, su primera ciudad, su primera guerra.

He conocido a los profetas. He visto nacer y morir…sigue leyendo…


Delicias mexicanas, de Marisol Gámez

… Esas miradas varoniles evocaban en ella toda clase de situaciones: besos al despertar, caminatas con los perros al atardecer. Ella sintió ganas de decirle que cada noche cenaba tan sola como él, pero se limitaba a mirarlo y a preguntarle desde lejos si quería algo más. Él respondía con señas a sus ojos almendrados: que le retirara los platos, un poco con agua y otros pretextos, vasos con hielo, limones y servilletas. Finalmente, John pidió la cuenta. Esperarla ahí hasta que terminara su jornada era una locura. ¿Qué le diría? Hacía tanto tiempo no se acercaba a una mujer…Sigue leyendo.



De suicidios, de Max Aub

LLÁMANLO EL SUEÑO eterno. Como
padezco horriblemente de insomnio,
pruebo.

Tomado de: Crímenes ejemplares


El deseo de toda mujer dominante, Marisol Gámez

… Será apenas un minuto, pensó. Y sentado a la orilla de la cama, la observó; su cuerpo desnudo de diosa dispuesta siempre al placer. Se centró en su sonrisa encantadora y la manera en que la utilizaba para convencerlo de cumplir sus antojos, como una chiquilla; aunque los demás dijeran que lo manipulaba. Quizá un poco, sí. Pero ella era así, algo caprichosa, bueno, más que eso, reconoció al evocar sus exigencias, dentro y fuera de la cama…sigue leyendo


La niña que no estaba en ninguna parte, de Ana María Matute.


Dentro del armario olía a alcanfor, a flores aplastadas, como ceniza en laminillas. A ropa blanca y fría de invierno. Dentro del armario una caja guardaba zapatitos rojos, con borla, de una niña. Al lado,
entre papel de seda y naftalina, estaba la muñeca, grandota, con mofletes abultados y duros, que no se podían besar. En los ojos redondos, fijos, de vidrio azul, se reflejaba la lámpara, el techo, la tapa de la caja y, en otro tiempo, las copas de los árboles del parque. La muñeca, los zapatos, eran de la niña. Pero en aquella habitación no se la veía…Sigue leyendo


Una pequeña y gran muerte, de Marisol Gámez

…Estaba sola, no obstante, el amor la poseía. Se daba a sí misma el éxtasis, el regalo de cumpleaños perfecto. Cómo pudo vivir ignorando que algo tan rico existía; con toda seguridad le habían ocultado intencionalmente su existencia. Cómo pudo ser tan ciega, tan casta, tan tonta. De repente, le vino un ataque de tos, seguido, ese intenso dolor en el pecho…sigue leyendo


Los sueños de Esteban, de Yenitza Anseume.

Esteban tenía la facultad de soñar cosas que al día siguiente sucedían. Esta vez soñó que andaba sobre la cabeza de un hombre elegante pero sencillo. A su paso las mujeres miraban y de inmediato sentían esa química que les atraía de aquel caballero. En las calles se escuchaban rumores y susurros de las féminas que le miraban caminar de lejos. “¡Qué elegante! ¡Qué bien le luce su sombrero! ¡Creo que sin el sombrero no se vería tan interesante!” comentaban. El caballero elegante se paró frente a una vitrina de sombreros y en ese momento Esteban se vio reflejado en el cristal, posado en la cabeza canosa de aquel hombre. Era un sombrero de copa negro… sigue leyendo


La tranquilidad de Susi, de Marisol Gámez

―Siento decirles que, a raíz del accidente, su pequeña niña quedará con un severo problema de sordera ―dijo el doctor.

Susi observa con atención los labios de ese hombre de bata blanca y entiende con claridad el mensaje. Percibe la angustia palpitante…sigue leyendo


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, de Julio Cortázar.

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire.

No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo.

Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad… sigue leyendo


Mar y Sol, de Marisol Gámez

He querido ser una sola. Marisol, para ser precisa, pero no he podido. Algunas veces he sido Mar, otras he sido Sol. Nos hemos esforzado por llevarnos bien, congeniar y ponernos de acuerdo para…sigue leyendo


El pozo, de Luis Mateo Díez

Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte años después, mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel… sigue leyendo


Nuevo monumento en París, de Marisol Gámez

Yo los vi en el centro del parque. A pesar de sus andrajos de pordiosero pude reconocer a Oscar, el creador, hablando con su creación, el Príncipe Feliz, quien, como Dorian, a pesar de los años seguía hermoso. Oscar lo miraba con extrañeza, ya que él mismo había decidido otro final para ese personaje; un final feliz como el de muchos cuentos…sigue leyendo


Fábulas, de Julia Otxoa

Siguiendo el ejemplo de los cuentos de Las mil y una noches, el reo comienza a relatar fábula tras fábula a su verdugo, con el fin de entretenerle y retrasar al máximo el momento de su muerte. Pero ocurre que en mitad de la noche se le acaban de pronto las historias y ya no puede encontrar ni una sola en su cansada memoria.
Aterrado, y creyendo próximo su fin, mira al verdugo. Aliviado, comprueba que este se ha quedado profundamente dormido con la afilada hacha entre las manos. Así que ahora, ya más tranquilo, piensa que en realidad él nunca fue un buen narrador de historias y que, sin duda alguna, ha dormido de aburrimiento a su verdugo. Aprovechando, esta circunstancia le quita con suavidad el hacha y, en el preciso momento en que la levanta para descargarla sobre la nuca del durmiente, este, sonámbulo, se incorpora y… sigue leyendo


Secreto de compasión, Marisol Gámez

Como todos los días, don José se levanta temprano. Hace tiempo que se siente débil, enclenque, pero Chester, su perro y única compañía de los últimos años, bien merece su habitual caminata por el parque…sigue leyendo


Salsa agridulce, de Juan García Armendáriz

Vencida la aprensión que al principio nos produjo el licor de lagarto —el bicho, introducido en la botella como un feto retorcido y escamoso, tenía de color verde el alcohol —, mi compañero y yo bebimos varias tacitas de porcelana de aquel aguardiente que la camarera, con sonrisa oriental y sumisa, nos fue sirviendo durante el resto de la noche.

Éramos ya los últimos clientes del restaurante y nos invadía la euforia: brindamos por nuestra amistad eterna. Fue después que poco a poco languideció la conversación hasta acabar en un silencio de jugadores de ajedrez.

Habíamos agotado la segunda botella, y la chica, junto al resto del servicio… sigue leyendo


Sueños, fantasías y olvidos, de Marisol Gámez

Mientras revuelve las fichas del dominó, Arturo mira a su alrededor para comprobar que nadie más que sus amigos, escuchará lo que va a contarles.

―No lo van a creer, pero anoche, después de dos años, pude hacerle el amor a Cristina ―dice con euforia contenida.  

―Dijiste eso ayer, Arturo ―exclama Miguel.

―¿Lo hice?

―¡No importa! ―responde Manuel. Cuéntanos, Ar17turo…. sigue leyendo


La paradoja de Protágoras, de José Antonio Marina

Protágoras convino con Euatlo que le enseñaría Retórica para ser abogado y que no le cobraría sus lecciones hasta que Euatlo ganara su primer pleito.
Después de aprender el oficio, Euatlo decidió no ejercerlo nunca, con lo que evitaba tener qu pagar a su maestro. Protágoras le demandó ante los tribunales y argumentó de esta manera:
— Tienes que pagar, en cualquier caso: si yo gano el pleito, porque te obligará a ello el mandato judicial; si yo pierdo el pleito, porque lo habrás ganado tú y esos eran los términos del acuerdo.

Euatlo respondió:… sigue leyendo


La extensión del progreso, de Marisol Gámez

Aquel joven soñador miraba su pueblo con satisfacción; después de décadas de carencias sociales, finalmente se extendía el progreso. En breve el concreto, el vidrio, las modernas vías de comunicación y el comercio brillarían en las calles y de las otras comunidades. Ningún lugar quedaba sin un poste y su farola, ni el campo llano ni el monte. La promesa de una vida mejor se hacía realidad…sigue leyendo


La misión del héroe, Tomás Borrás

El héroe tenía una misión que cumplir. Armado y con el caballo a la puerta, iba a partir para salvar a su pueblo. La esposa le imploró que renunciara a la hazaña:

Puede costarte la vida. Confórmate con la vida y el amor – le repetía llorosa, inclinada.
El héroe, para cumplir con su deber, sacó la espada y mató a la esposa, obstáculo, razón, debilidad.
Al volvera a su hogar, después de la victoria, el héroe mandó encender fuego y quemó…Sigue leyendo


Minuto noventa y seis, de Marisol Gámez

―Doctor, la señora Amanda Green no está. La hemos buscado por todo el asilo, pero no la encontramos.

―Pero, ¿cómo? ¿Con quién estaba? ―Sobresaltado, el doctor persigue la ruta que lleva el enfermero. ¿Lograría escapar esta vez? ―pregunta para sí…sigue leyendo


Literatura, de Julio Torri


El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del Sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas… sigue leyendo


Abandono, de Marisol Gámez

Al sonar del estruendoso timbre, Tito, como los demás, salió corriendo rumbo a los jardines del colegio. Jugó a las escondidas hasta que dejó de haber suficientes chicos, sus madres fueron llevándoselos uno a uno. El conserje preparó el candado para cerrar la reja y al verse sin risas y barullos, Tito se sentó junto a Raquel en la banca. Hablaron de sus cosas, mientras una armonía suave y silenciosa fue instalándose entre ellos y los jardines arbolados…sigue leyendo


La viuda inconsolable, de Ambroce Bierce.

Una mujer con gasas de luto lloraba sobre una tumba.

-Consuélese, señora- dijo el simpático forastero-. La misericordia… sigue leyendo


Trascendencia, Marisol Gámez

Me gustaba hacer el amor con el cuentista. Entrar a su cuarto oscuro, desordenado y oloroso a colonia, como él. Sentarme a su lado a mirar la calle gris anegada de lluvia. Me aburría ver la pobreza del barrio, pero eso era lo que me hacía tenerlo como amante…sigue leyendo


Revolución, de Slawomir Mrozek

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver. Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable… Sigue leyendo



Alas, de Enrique Anderson Imbert

Yo ejercía entonces la Medicina, en Huamahuaca. Una tarde me trajeron un niño descalabrado: se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando, para revisarlo, le quité el poncho, vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:… sigue leyendo


Demonio interior, de Marisol Gámez

…Lo hará sola. En un arranque de valentía sale de la cama, saca del cajón unas medias de hilos tejidos en red, los tacones rojos y un vestido de escote pronunciado. Se viste. Si luce provocativa, se dará gusto frente al espejo. Nadie lo sabrá. Hace una pose sensual, pero la flacidez de la edad la hace sentir ridícula y titubea, pero rectifica, está decidida a dejar esa tonta represión y, de una vez, se dará ese placer sí misma. Liberará su demonio interior, sin embargo, ¿Cómo se verá haciéndolo? Antes de perderse en el regodeo de su travesura quiere simular un poco. Abre levemente las piernas… sigue leyendo


Sin título, de Gabriel García Márquez

…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de la ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado de opinión por completo su concepción del mundo…sigue leyendo


Negación, de Marisol Gámez

Al salir de la habitación noté su mirada. Me recorrió de pies a cabeza con el aire melancólico de los últimos meses. Aun así, mamá se esforzó por que todo fuera como cada mañana; sonrió, me besó la frente y me ofreció el desayuno. “Yo sé lo que te sucede, mamá” …sigue leyendo


La metamorfosis, de Albert García Elena

Al despertar Gregor Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en su cama convertido en un monstruoso insecto. Al apreciar que tenía alas, no se lo pensó dos veces y sin dilación se fue al trabajo volando por la ventana, saltándose los semáforos y la Ronda Litoral. Sus superiores quedaron tan gratamente sorprendidos por su puntualidad, que fue declarado Trabajador del Mes en un acto solemne…sigue leyendo


La fábula del ciervo y el arroyo, de Íñigo Pirfano

Se acercó el ciervo a la superficie del arroyo. Se vio reflejado en ella.
“¿Cuál de los dos es real…? sigue leyendo


Presunto inocente, de Marisol Gámez

Cubro la lamparilla de noche con una camisa. Disminuir la luz del cuarto evitará que la enfermera note que sigo despierto. Casi puedo escucharla:

—¡Emilio! ¡Deja esas lecturas de una vez! ¡Te hacen daño! — bla, bla, bla… no soporto a esa loca. No las dejaré. Pocas páginas y habré terminado el libro. Cuando salga de aquí buscaré al autor, quiero conocer a este genio ¡En verdad que son ejemplares estos crímenes! Sonrío… Sigue leyendo


Hablaba y hablaba, de Max Aub

y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses.

Además, hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca… sigue leyendo


Incontinencias morales, de Marisol Gámez

—Es hora de irme. Pronto llegará mi reemplazo —avisó la hermana a la joven castigada.

Tres días con sus noches, Sor Justa, la hermana con fama de intolerante y despótica custodió el castigo de Alma, la alumna que fue descubierta escribiendo esos versos impúdicos que circulaban a hurtadillas por la escuela. Poemas que subliman la libido con su lenguaje explícito, elogian la autocomplacencia del cuerpo femenino a tal punto que toda la población escolar puso en duda el elevado valor de la castidad y la moral cristiana.

—Pero antes de irme, quiero saber si el escarmiento de separarte de esas compañeras que festejan tus escritos, sacará el pecado de esa mente tuya tan propensa a la carnal lubricidad...Sigue leyendo


Franz Kafka y la niña, de Joseba Sarrionandía.

Imagínate, Franz Kafka en una calle de Praga. No, no es en Praga, es otra ciudad. Imagínatelo en una calle de Berlín. En el noviembre de 1923, él y Dora Dymant cambiaron de casa —Grunewaldstrass, 13 —y alquilaron dos habitaciones en casa de un médico.
Imagínate aquel escritor, afectado ya por la tuberculosis, paseando por la calle en una tarde nublada y tranquila. Una niña llora en acera. Franz Kafka se acerca a la niña, que oculta su cara bajo mechones de pelirrojos. Llora porque ha perdido su muñeca.
—No, no se ha perdido —le dice Franz Kafka… Sigue leyendo


Los ojos culpables, de Ah´med Ech Chiruani

Cuentan que un hombre compró a una muchacha por cuatro mil denarios. Un día la miró y se echó a llorar. La muchacha le preguntó por qué lloraba; él respondió:
— Tienes tan bellos los ojos, que me olvido de adorar a Dios.
Cuando quedó sola, la muchacha se arrancó los ojos. Al verla en eses estado, el hombre se afligió y le dijo:
— ¿Por qué te has maltratado así? Has disminuido tu valor.
Ella respondió:… sigue leyendo



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